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sábado, 28 de mayo de 2011

Cuando los magufos enseñan los dientes

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Mucha gente resta importancia a la pseudociencia aduciendo que se trata de una práctica alternativa y “que no hace daño a nadie” y que por tanto, debe respetarse porque “nadie está en posesión de la verdad absoluta” (sic). Estos y otros argumentos son esgrimidos con frecuencia por gente que, sin llegar a compartir los preceptos de estas que llamaré, en un alarde de bondad, “disciplinas alternativas”, sí que en cierto modo los apoyan tácitamente porque bueno, algo de verdad tendrán si son milenarias.


Ya he dicho muchas veces que yo soy capaz de respetar todo aquello que no atente directa o indirectamente contra los derechos o libertades de las personas. Y cuando alguien se mete en las pseudociencias siempre acaban habiendo víctimas inocentes. Por ejemplo, cuando alguien decide no vacunar a su bebé porque “no es natural” y acaban volviendo epidemias que se habían erradicado. Curiosamente todas estas cosas se ponen de moda en sociedades que, teóricamente, son culturalmente avanzadas y donde la educación es universal y de fácil acceso y lo mismo la sanidad. Es como una especie de macabro capricho que se permite el primer mundo. El sitio donde unos padres pueden permitirse el lujo de rechazar una vacuna que ha tomado décadas desarrollar porque prefieren que su hijo se cure “de forma natural” (sic). Tamaña irresponsabilidad cohabita con nosotros y es cada día mayor, para escándalo y sorpresa. Y es en gran medida culpa de todo ese apoyo silencioso pero existente que se crea por el hecho de no confrontar esas tonterías. Por el hecho de no señalarlo y crear vergüenza hacia quien las ostenta. Porque no lo olvidemos: siempre hay víctimas inocentes. Llámese ese niño que muere porque sus padres han caído en las garras de estas charlatanerías, llámese esas personas mayores que no tratan su cáncer con quimioterapia porque les dan falsas esperanzas con la homeopatía, etcétera.

Siempre he creído que cuando uno dice la verdad y es sincero duerme en paz consigo mismo y tranquilo. También, que cuando uno argumenta basándose en la racionalidad nunca necesita alzar la voz o el puño para imponer sus argumentos, porque eso automáticamente los invalida y los hace añicos. Dialécticamente hablando, nada hace más daño que un discurso sereno y bien argumentado, sin flaquezas, con tibieza pero firme. La violencia, verbal o física, únicamente pone de manifiesto la debilidad del argumento y, ante la imposibilidad de defenderlo por otras vías legítimas, se recurre a ella como última instancia. Y como en esto de la pseudociencia el dinero es fundamental, hay que defenderlo a capa y espada. Y es evidente que esta segunda vía, menos legítima, suele ser la única que resta debido a la falta de pruebas a favor.

Porque claro, cuando uno quiere que su terapia alternativa y su pseudociencia tenga éxito además de elaborar toda una estructura bien cuidada de mercadotecnia y buscar que, al menos, su producto sea inocuo tiene que montarse un tinglado de supuestos experimentos científicos que validen lo que postula o, que al menos, diga que no es malo. Porque si “no es malo” entonces el efecto placebo y la relajación harán maravillas y la piedra espanta tigres funcionará de maravilla. Si a esto le pones la voz de un presentador de TV famoso ya está. A hincharse los bolsillos.

Los magufos, los que tienen el dinero y lo ponen sobre la mesa para captar a los incautos que les idolatren, esos son muy peligrosos porque viven de esto y necesitan comer y pagar sus chalets. Así que no dudarán en emplear cualquier tipo de práctica con tal de salirse con la suya. Porque temen que su estructura se desmorone y harán lo que haga falta para mantenerla.

Y la censura suele ser la preferida. El amenazarte por no respetar o por cualquier cosa que se puedan ustedes imaginar. Porque son los medios legales que existen hoy en día. Pero esta gente que con tanta vehemencia sostiene en sus congresos que su solución es auténtica, definitiva y mágica y que agacha las orejas vestidos de cordero cuando se les confronta con argumentos científicos, vienen ahora con buena cara y buenas maneras porque afortunadamente ya no ostentan una posición de poder. Pero no dudarían ni por un segundo en hacer que ardiera en la pira todo aquel que osara contradecirles. ¿Cómo le vas a hablar de que te aporte pruebas o se sometan a ensayos de doble ciego cuando ellos son los primeros que saben que lo que venden es humo, muy caro, pero humo? Así que en esos términos la discusión únicamente puede acabar de una manera: recibiendo toda una colección de insultos, amenazas e improperios intentando que te calles. Porque nada les hace más daño que las críticas racionales.

Por fortuna, Internet es todo lo libre que puede ser algo, mientras se esfuerzan en intentar cerrarlo y ponerle puertas al campo. Porque en Internet todo se sabe y todo se difunde y si algo lo hace grande es que cuando vienen a por ti, el Efecto Streisand suele ayudar y mucho a tu causa.

Advertencia: cualquier parecido con la realidad de este ensayo de fantasía que transcurre en un universo alternativo a este es pura coincidencia.

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