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viernes, 4 de marzo de 2011

Los virofagos

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Cuando los científicos descubrieron los virófagos se armó todo un alboroto. Se pensaba que estos virus, que se “alimentan” de otros virus, serían la respuesta para muchas preguntas de la virología. Pero la biología tiende a ser un poco más compleja y los virus son organismos dificultosos e interesantes, de hecho, cada día la ciencia aprende un poco más sobre ellos; la idea de que no se consideren como “vivos” en el sentido como viva está una bacteria, siempre me ha sorprendido. Sobre los virófagos ahora se sabe que tienden a funcionar en formas de vida bien básicas, como las amebas o en microorganismos marinos; los virófagos no atacan las células para reproducirse sino que prefieren otros virus para hacerlo, por ello muchos aseguran que es fácil explicar su evolución: en un mundo donde los virus comenzaban a tener un éxito impresionante es lógico que la selección natural comenzara a llenar esos huecos; no se pueden desperdiciar recursos ya existentes.


Ahora, en una investigación realizada en la Universidad de Columbia Británica (UBC), los científicos han identificado una relación virus-virófago realmente sugestiva. El pequeño virus es un genio valentón capaz de atacar a otro virus cien veces más grande que él, de hecho, el pequeñín se mete con el virus marino más grande hasta ahora descubierto en el mundo: Cafeteria roenbergenesis o CroV.

Nuestro héroe se llama Mavirus y es un virófago que necesita de CroV para replicarse, así que debe buscar una forma de secuestrarlo. Pero algo más ocurre cuando Mavirus secuestra a CroV, no sólo lo usa para replicarse sino que detiene, de esa forma, la reproducción y la acción del CroV. Ahora bien, hay un tercer asunto muy interesante que se desprende de la interacción de estos dos virus y que ha alimentado numerosas hipótesis sobre la evolución genética de los seres vivos.

“Lo que hace esta interacción significativa para la biología evolutiva es que los familiares genéticos más cercanos a Mavirus son elementos móviles genéticos que han sido descubiertos en organismos tanto unicelulares como complejos, lo que implica que a través de los miles de millones de años que tenemos evolucionando, organismos han invitado a estas piezas de ADN de familiares antiguos de Mavirus para que formen parte de sus propios genomas, presumiblemente, para que adquieran así inmunidad en contra de grandes virus como CroV”, explica Curtis Suttle, microbiólogo marino de la UBC.

Sutter está hablando de los genes saltarines; pedazos de ADN que forman parte de lo que se ha llamado ADN basura, pero que de basura tienen poco. Los genetistas conocen a estas piezas de ADN como transposón (es) o elementos genéticos transponibles; se trata de pedazos de ADN que pueden moverse a nuevas posiciones dentro del genoma de un organismo. Los transposones usan dos formas para integrarse al genoma del organismo, se “copian y se pegan” en otros lados a través de moléculas de ARN o se “cortan y se pegan” sin el uso del ARN como intermediario (otros métodos también son conocidos pero sólo mencionaré estos dos básicos). La ciencia los ha utilizado como una herramienta efectiva para alterar genomas de organismos que desean estudiar.

Por mucho tiempo se ha sospechado que hay un subconjunto de estos genes saltarines, a los que han llamado “transposones disidentes” (Maverick Transposons) que se asume tienen un origen viral debido a la naturaleza de las secuencias de su ADN. Este estudio con el Mavirus es la primera evidencia concreta de esta conexión; al parecer, la relación entre el pequeñín y el gigantón nos ha proveído con cierta inmunidad.

“Es precisamente debido a que han secuestrado un pedazo de ADN virófago dentro de sus propios genomas que los organismos no necesitan ni dependen de ser infectados por un segundo virus para protegerse ellos mismos”, explica Suttle.
Suttle y Matthias Fischer, autores de este nuevo estudio, fueron también los científicos que identificaron al CroV como el virtus marino más grande en el mundo. “Este virus tiene un genoma complejo que lo ha hecho sumamente independiente de su célula huésped”, explica Fischer.

El primer transposón fue descubierto en el maíz por Barbara McClintock en 1948, la investigadora recibió el premio Nobel en 1983 por aquel descubrimiento. Debemos regocijarnos de esas relaciones antiguas entre virus y virófagos, gracias a esos genes saltarines compartidos estamos hoy mejor preparados para combatir un sinnúmero de infecciones.

Los resultados de este estudio han sido publicados en Science Express http://www.sciencemag.org/content/early/recent

Por Glenys Alvarez

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