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jueves, 28 de julio de 2011

La desgracia de la perfección

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Abrí los ojos y fue insólito pero cautivador. No entendía bien lo que sucedía. La luz era cegadora, había algo redondo allí arriba en el cielo que me obligaba a moverme, a ser feliz.  Yo estaba rodeado de animales bellos y  vegetación verdaderamente hermosa. Todo era perfecto, nada estaba mal. Caminé por el lugar dejándome maravillar a cada paso que daba. Conocí el mar resplandeciente correspondiéndole al astro de allá arriba. Me pregunté si el uno era el reflejo del otro y pasé un día entero acostado en el pasto esperando por alguna respuesta, algún cambio. Nada surgió, todo lo que quería hacer me era permitido y no encontré razón para sentir curiosidad, siempre lograba lo que quería. Era la aburrida perfección, las cosas estaban iguales todo el tiempo, no me causaban temor, ninguna cosa, ni siquiera un poco de incertidumbre, sabía con exactitud qué iba a suceder. 


Era trágico, una desgracia envuelta en la máscara de la perfección, era ilusa mi existencia, no tenía sospecha de algún fin o peligro. No recuerdo bien en qué momento del día siguiente pero un sonido armonizado recorrió mi cabeza, una voz creo que se dice. Solo me dijo que me sacaría de la desgracia y de repente sentí la vorágine en mi costilla. Se estaba deshaciendo y por razones que no logro comprender la figura de otro animal se formaba frente a mis ojos. Era bello aquel ser, desde el primer momento me di cuenta. La intriga apareció por primera vez en mí y esperé ansioso que termine de tomar forma la creación más perfecta que mis ojos habían presenciado. Allí estaba y la voz me dijo que le llame Eva. Luego el sonido proveniente de los cielos nos habló a los dos, pude suponer, ella reaccionaba igual que yo. Lo primero no lo escuché, estaba tan distraído observando como ése cuerpo tenía algo de parecido a mí pero poseía partes que me causaban sensaciones indescriptibles hasta el momento. Oí que él nos dijo que éramos humanos, diferente a los demás animales. Yo era un hombre, ella una mujer. Los primeros de la especie, nos regaló lo que él llamó “El paraíso” y nos dijo que teníamos todo lo que quisiéramos ahí, aunque advirtió que nunca podríamos comer de aquel árbol que producía frutos prohibidos. No nos incomodó para nada. Nos dio igual. Todo lo teníamos allí ¿Para qué privarnos de ello por un insignificante fruto? 

El tiempo pasaba sin darnos cuenta, Eva y yo jugábamos, corríamos y comíamos felices por todo el lugar. Al menos ya no estaba solo. Me percaté que cuando llevábamos mucho jugando, una manta oscura cubría lo que antes era celeste y nos brindaba cansancio para poder descansar. Debía ser él mandándonos a dormir. Luego era como nacer otra vez todos los días y nos maravillaba cada espacio que encontrábamos. 
Poco sospechamos al principio de lo que nos iba a ocurrir pero el destino es impredecible. Nuestros actos, cada uno en particular llevó a ciertas decisiones de las que no estoy seguro me arrepiento. Un día, al nacer de nuevo, la observé caminar y ya no correr. Vio un ave y ya no sonrió, nadó en el río y ni pizca de alegría. Le pasaba lo mismo que a mí, la perfección otra vez aburrida ¡En desgracia otra vez¡


Necesitaba escapar del infortunio y ayudarla a ella también. Después de una larga meditación, supe qué hacer. 
Yo tan solo tenía una duda en todo el paraíso. Su cuerpo. No podía explicarlo pero era un llamado, sentía una cierta agresividad en mi ser, algo que necesitaba ser liberado y por algún sexto sentido, sabía que solo su cuerpo podía liberarlo. Tenía curvas y mis labios querían recorrerlas. No dudé más, me acerqué a ella. Pensaba explicarle lo que sentía y solo un instinto pudo hacerlo. Mi boca se encontró con la suya y súbitamente me convertí en un animal. Era incontrolable y una fuerza tan grandiosa que no se podía comparar con el paraíso me dominaba. Ya no era el humano superior a los demás seres, era otro cerdo. Yo podía sentir como él nos observaba y se avergonzaba. Aquello estaba prohibido y descubrí que era ése mi motor. Lo prohibido. 

Terminó nuestro encuentro y ella y yo sonreíamos, aquello no lo pudo brindar él. Solo nosotros los humanos lo logramos. Era feliz otra vez. Adiós, calamidad. 
Las mantas nos cubrían sucesivamente y a cada manta que se iba, en mí crecía una sospecha que tomaba mayor veracidad cada mañana. 
- Eva, ¿entendiste lo que pasó entre nosotros?
- ¿A qué te refieres? – mientras me proporcionaba una mirada incrédula y desconfiada. 
- Somos tú y yo quienes podemos lograr la felicidad, más que todo el paraíso. Y es lo prohibido nuestra motivación. Nuestra adrenalina, allí debemos buscar la felicidad. 
- Nos estamos arriesgando, te comprendo pero ¿Y si él se molesta? 
- ¿Y si lo hace qué? No nos puede controlar. 
- Él dijo que nos daría libertad si obedecíamos. 
- Eso no es libertad. Se contradijo, ya lo entendí. Si él todo lo puede y nos hace feliz lo prohibido, debe estar en sus planes, tengo algo que proponerte. 

Eva no se convenció al principio pero bastó otra manta juntos para que esté de acuerdo conmigo. Si lo prohibido nos hacía feliz y ser feliz era bueno. La única manera de lograr la máxima felicidad era haciendo lo que estaba vetado para nosotros en cualquier término, comer de aquel árbol. 

Elegimos la oscuridad para llevar a cabo nuestro plan, la manta oscura siempre es acogedora, te provoca hacer lo prohibido y un amor por la tenue luz de las estrellas había sido acogido en mí, nos revelamos ante el sueño y avanzamos hacia el lugar. 

Al llegar, el silencio absoluto reinaba alrededor, no nos rodeaban animales y solo estaba aquel fruto rojo, hermoso, provocador. Eva lo cogió y se lo llevó a la boca, al morderlo vi su rostro cambiar y una expresión de horror se apoderó de sus facciones. No pensé si quiera en qué me podría pasar a mí, se lo arranqué y lo probé también. Sentí lo mismo que cuando me apoderé salvajemente de Eva, satisfacción pero en esa igualdad algo distinto sucedía. El miedo se exhibió por primera vez en mí. Fue un golpe, fue como haber estado dormido todo ése tiempo. Mi cerebro estaba comprendiendo lo que alrededor mío sucedía y no era agradable, eso no era el paraíso, no había perfección. El sufrimiento estaba presente en todos lados y yo, aunque tenía los mismos ojos, veía diferente. 

El león se comía al venado, las ranas asesinaban a todos los peces, incluso nosotros, los humanos, teníamos hambre todos los días y matábamos animales para satisfacer los instintos que él nos creó. Pero hasta aquel entonces todo había sido perfecto, nunca me percaté del sufrimiento en los animales que veía sangrar, nunca. Lágrimas bajaron por mis cachetes y conocí, por fin, lo que era el odio. 
Él era malo y maldito, y si no lo era, entonces un inepto ¿Porqué crea seres que piensa asesinar cruelmente? Debe disfrutarlo, pensé.  Él se nutría del sufrimiento de los demás. Solo éramos sus inocentes juguetes. No me quedaba claro porqué nos daba libertad, entonces es un idiota, también. O no pudo controlar que hagamos esto o nos estaba retando. 

La voz apareció y nos hizo sufrir, a mí y a ella. Nos llamó pecadores y desobedientes, nos lanzó una maldición, dijo que no volveríamos al paraíso y que nuestra vida ya no volvería a ser perfecta. Me reí en su presencia, lo reté y le expliqué que ya no necesitábamos el paraíso, que su estúpida perfección era aburrida y lo insulté hasta que ni mis lágrimas ni mi voz pudieron liberar más odio. 

Pero nada malo sucedió, el lugar se quedó igual, fuimos nosotros los que cambiamos , la vida no fue tan mala y crecimos pecando felices y libres. Libres de aquel monstruo sádico y patético que nos había sido dado porque desde que comenzamos a usar la razón, Dios no volvió a aparecer. 



4 comentarios:

  1. Me encantó, usaste una muy buena metáfora.

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  2. Qué interesante cuento y la forma de redacción me gustó bastante, espero leer más de este tipo de historias.

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  3. ¿Dónde puedo encontrar más cuentos de este autor?

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  4. http://www.paperfront.es/opinion/journal/la-filosofia-de-una-cucaracha/en este link puedes encontrar otro cuento de este autor.

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