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sábado, 1 de enero de 2011

Neuroeconomía: el cerebro al servicio del dinero

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De la irracionalidad del hombre común se obtienen pruebas a cada instante. Basta observar el comportamiento que empuja a una persona a decidirse, por ejemplo, por una Coca-Cola cuando en realidad le gusta más el sabor de la Pepsi. Incluso a la hora de decantarse por una transacción bursátil en lugar de por otra.
Desde un punto de vista científico, no hay lógica. O, al menos, no en la manera en que los teóricos de la economía liberal clásica dibujaron su Homo economicus: un ser que resuelve dudas en base a preferencias razonables, especialmente aquellas que afectan a su bolsillo.

Sin embargo, lo que no previeron fue la influencia en la toma de decisiones de algo tan irracionalcomo las emociones personales. Descifrar este misterio se ha convertido en una obsesión de los grandes lobos de Wall Street, de multinacionales del marketing y también de universidades de Estados Unidos, Alemania y Japón, que se han lanzado a una enloquecida carrera por descifrar las claves emocionales del comportamiento económico del hombre, la neuroeconomía.
La fiebre por dominar este campo científico responde a la necesidad del mercado por acaparar confianza con la que afrontar con garantías un futuro cada vez más incierto. El punto de partida de las investigaciones realizadas es que, hasta ahora, nadie ha sido capaz de demostrar que los cálculos económicos erróneos procedan sólo de un diseño imperfecto del sistema. Así lo entiende, al menos, el geofísico francés Didier Sornette en su libro Por qué estallan los mercados de acciones.
Su teoría supone que los inversores actúan por cooperación imitativa, una manera de proceder parecida a las manadas de animales. Este comportamiento irracional es el que empuja al mercado a formar primero las llamadas burbujas, luego los períodos de inestabilidad y finalmente las caídas catastróficas. Y las predicciones de Sornette atinaron con los movimientos negativos del Nikkei en 1999 y, dos años después, con la crisis del índice Nasdaq.
A partir de esta evidencia, los científicos se volcaron en demostrar que, ante una operación financiera, el cerebro no realiza un solo cálculo, tal y como creían los economistas clásicos, sino que procesa los riesgos y las ganancias por separado. ¿Cómo han llegado a esta conclusión? Mediante investigaciones con voluntarios conectados a máquinas ultrasofisticadas a los que sometían a juegos de lotería o a simuladores bursátiles.
Durante la duración de estos procesos, los neuroeconomistas fueron descubriendo que estímulos como la asunción de riesgos o el rechazo de ofertas generan reacciones químicas en cadena en el cerebro que influyen decisivamente en la toma de decisiones.
Por ejemplo, ya han logrado identificar la conexión entre la confianza y los niveles de oxitocina, una hormona que segrega la región subcortical del cerebro durante las relaciones sexuales y otros tipos de vínculos sociales. La oxitocina excita una pequeña estructura llamada ínsula, que se encarga de evaluar los riesgos y las ganancias. El primero en comprobarlo ha sido el austriaco Ernst Fehr, tras dividir un grupo de voluntarios en dos equipos, a los que sometió a un simulador de inversión bursátil. Al primero de ellos lo roció con un producto inocuo que contenía oxitocina artificial. El segundo recibió un líquido de efecto placebo.
El resultado fue que, de las 29 personas del primer grupo, 13 invirtieron el máximo dinero permitido en una opción que acarreaba un alto riesgo para su bolsillo.
El profesor de Neurociencia Cognitiva en la Universidad de Princeton Jonathan D. Cohen y un equipo de psicólogos, matemáticos y economistas dieron una vuelta de tuerca al descubrimiento inducidode Ernst Fehr al escanear el cerebro de una docena de voluntarios mientras eran sometidos a un juego conocido como “del ultimátum”, consistente en dar diez dólares a un jugador para que los comparta con otro. Los científicos daban libertad al participante para dividir la suma a su gusto; bien por la mitad —la opción más justa— o bien proponiendo una suma menor a su compañero de partida para aumentar el beneficio. Si el segundo jugador aceptaba la oferta, el dinero se repartiría según lo acordado, pero si la rechazaba, ambos se quedaban sin nada.
El resultado del examen, publicado en la revista Science, reveló que la mayoría de los participantes se negaron a aceptar sumas inferiores a dos o tres dólares porque se sentían estafados. “Desde el punto de vista económico, esto tampoco tiene sentido”, concluye Cohen.
El problema es que, sin tener convencida a la comunidad científica de las ventajas de estas investigaciones, los neuroeconomistas han comenzado a volcar su atención en la economía política. ¿El acto de votar también estará dominado por el temor, la repugnancia o el deseo de lograr algo excitante?

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